Sueños de cúrcuma y ajonjolí (2007)

“conocerse claro está/ que necesita su tiempo/ con años que albañilean /y años de derrumbamiento” W. Benavides – E. Darnauchans


¿Cómo hablar sobre Eduardo Darnauchans?¿Cómo no hablar sobre Eduardo Darnauchans? Es el tipo de pregunta que Eduardo se hubiera hecho si hubiese tenido que hablar de un ser querido y entrañable, frente a la evidencia de su muerte. Su temida “señora otra” -y conste que temida y no amada- sobrevoló su cama y lo atrapó leyendo un cuento final de Borges -La memoria de Shakespeare- comenzada la madrugada del 7 de marzo. No voy a hablar de su obra poética ni de su música –no me compete-, voy a hablar de su delicada humanidad, de su frágil y breve vuelo por este mundo, con cuyo fin -y tomando prestadas también las palabras de H.P Lovecraft, como él mismo, refiriéndose a la pérdida de otro Eduardo (Vaz Ferreira)- “en el añoso mundo, murió un poco de belleza y juventud”. Voy a hablar de Eduardo y no de El Darno –ese alter ego trágico que se lo fue comiendo y no digo Darno (como lo llaman algunos amigos), porque él mismo se nombraba así y con la anteposición del artículo y creo que con esto establecía una clara alteridad entre su ser y el personaje-, voy a hablar de los años que albañilearon, en los que sí le cantó a la muerte, para exorcizarla y no para celebrarla, pero mucho más le cantó al amor y su reverso. Eduardo se preguntaba a menudo cuando lo tildaban de cantor oscuro o mortuorio _ ¿Cómo no se dan cuenta que le canto con tanta vida, que hay tanta vitalidad y energía en la forma de cantar?- demasiado sutil para las mayorías.

En él se conjugaban Eros y Thánatos, “como nodrizas furiosas”, voy a hablar de su relación con Eros –al fin y al cabo de esto trata esta revista-, para exorcizar mi pena y conmigo la de tantos, que en estos días han llamado y enviado correos electrónicos desde lejanos rincones del mundo, buscando consuelo mutuo, reconstruir momentos altos o rescatar una anécdota olvidada. Ahora que no está y somos libres de recordar la porción de vida que quisimos, sin la presencia insoslayable y dolorosa de sus últimos años.

Durante su niñez y adolescencia su padre, médico pediatra y librepensador, le decía que los placeres de la carne eran sanos y necesarios, en cambio los jesuitas del colegio al que asistió –y en el que supo ser monaguillo- predicaban en contra del pecado de Onán y exigían penitencia ante los extravíos del niño. Creo que ambas vivencias lo acompañaron toda su vida y se juntaron luego a otras más terribles, dando lugar a la dicotomía vida – muerte y todas sus variantes; no es casual que a largo de su vida dos personas -sin conocerse previamente entre sí- le hayan puesto similar mote, una “el sátiro monaguillo” - Cecilia, La Braier como le decía Eduardo- y la otra “el cartujo libidinoso”- quizás fuera María Vidal-. Durante la dictadura y en el medio del terror, uno de sus desvaríos fue irse de monje, pero quedó muy decepcionado -y abjuró de tal decisión- por una conversación con un cura de la iglesia del Prado -al que fue a pedir orientación-, pues el sacerdote se mostró contrario a la expresión sexual del amor en los que ejercen el ministerio de dios y en los laicos, que no hayan tenido previo pasaje por la iglesia. ¡Ah, Eduardo! ¡Faltan como 200 años más para que la iglesia acepte eso y un papa Juan Pablo X por lo menos, si nos cae otro Benedicto…. ni modo!

Delgado como fue casi siempre, Eduardo era un goloso y amaba comer; esto se mantuvo aún con los sentidos anestesiados por el alcohol y no bien estaba unos días sin bebida comenzaba a clamar por tortas de ricota o manzana, profiteroles de crema, flanes, ambrosía y dulces caseros -especialmente los que son usuales en su tierra de adopción, como los boniatos en almíbar o el dulce de zapallo. Su madre mientras vivió mandaba a hacer estas confituras en Tacuarembó y se las enviaba en un paquete por ómnibus. Su padre le enviaba tasajo, mazamorra de maíz -de un molino local y de impecable factura artesanal - y porotos negros; las comidas típicas del norte del país como el Feijón – hermana de la brasileña Feijoada -, la Mazamorra - guiso primo hermano del Locro- y el Ensopado lo devolvían a la vida y le calentaban el alma. Eduardo no sabía cocinar pero sustituía con ingenio, poesía y creatividad lo que ignoraba. Lo único que aprendió a hacer con dedicación, esmero y años de práctica, fue arroz al estilo brasilero, que le salía perfecto y a punto. Cierta vez esta escribidora estuvo enferma y la fiebre alta le impedía moverse de la cama, llegada la hora de comer Eduardo dijo “no te preocupes yo cocinaré esta vez para ti, Salchichas a la Champfratón”, quedé sumamente sorprendida y expectante, al rato apareció con una bandeja impecablemente servida de…¡panchos con arroz! cuando dejé la cama, un cartel adornaba mi cocina con la siguiente leyenda: “aquí se han cocinado Salchichas a la Champfratón”, firmado “El Fregacito de Oro” - premio que se otorgaba a sí mismo por lavar habitualmente los platos. El cartel quedó por años en la cocina y seguramente pereció en alguna mudanza.

Si bien nunca supo cocinar más que el arroz de marras, fuimos socios en un emprendimiento gastronómico –tengo documentos probatorios-, éramos los concesionarios de la cafetería de Cinemateca –en la calle Carnelli- allá por el 85 y 86, aunque claro está que la cara visible era la mía, pero supongo que no deben faltar parroquianos que recuerden que Eduardo les sirvió un café alguna vez. Pocos años antes se había quedado sin trabajo y habían sido prohibidas por la dictadura, sus presentaciones públicas en recitales, yo tenía por entonces otra empresita que proveía de tartas y empanadas a oficinas y a un par de locales gastronómicos en las galerías del centro, Eduardo –trabajaba codo a codo conmigo- hacía las compras, repartía tartas y empanadas y las horneaba con celo; llegó a tener innumerables marcas de quemaduras -producidas por la puerta del horno- en sus brazos y manos. Se mortificaba terriblemente cuando -por distracción- alguna quiche o empanada quedaba con un tostado mayor del deseado.

Por aquellos mismos años –desde el 81 y a partir del disco Zurcidor –se incorpora Bernardo Aguerre y junto a Carlos Da Silveira, pasan a ser sus músicos de cabecera y amigos –Carlitos, de Tacuarembó, amigo de toda la vida -; con ellos y con Víctor Cunha, Alicia Migdal y en ocasiones Ligia Almitrán, y otros, nos reuníamos a menudo a comer en la casa de alguno del grupo, después de ensayos -y de los recitales luego de restablecida la democracia-o con cualquier motivo. Allí tenían lugar charlas que comenzaban con música e iban tocando temas que gustaban a todos o eran la especialidad de alguno, pasábamos por política – y esto en dictadura significaba tener mucha confianza acerca de quién era quién- cine, poesía, literatura e invariablemente terminábamos hablando de cocina e intercambiando recetas. La única del grupo que había hecho de la cocina su medio de vida era yo, pero tanto Víctor como Alicia y Carlos eran excelentes en los fogones y todos, cocineros o no, éramos amantes de los placeres de la buena mesa. Eduardo nos escuchaba hablar y se iba emocionando con el sonido las palabras que se desgranaban en la conversación, y que nombraban ingredientes o especias, entonces jugaba con ellas, buscando consonancias y aliteraciones, al tiempo que comentaba que le gustaría incluirlas en una canción. Finalmente se sacó el gusto y surgió la canción Flash, en la que unió las magdalenas -que para Eduardo eran las tangibles que comía, pero indisolubles de las de la iconografía gastronómica nacida bajo la frondosa memoria de Marcel Proust -junto a la cúrcuma y el ajonjolí, que lo remitían al mundo oriental de Las mil y una noches. Así atravesó Eros la comida y sus aromas en esos versos - “y cuando desdía y nocha el mundo/ tras tu perfil/ lloviznan tus manos magdalenas maravedís/ y entre los pechos/ de la noche maga/ sueños de cúrcuma y ajonjolí”- y todo, tal como era en Eduardo, visto a través de tamiz literario.

Cuando sus tíos venían de Tacuarembó, la comida alcanzaba un punto alto. Ya fuera porque Graciela - hada tutelar sempiterna - cocinaba algunas de las comidas del terruño que tanto le gustaban o porque le ponía un billete de los grandes en el bolsillo y le decía “llevá a comer a la flaca a algún lugar lindo”, mientras Raúl – su consorte- se hacía el distraído y miraba para otro lado, entonces tenían lugar los banquetes en Morini – que todavía entonces conservaba parte del viejo encanto-, en el que casi siempre Eduardo comía como principal, Capellettis a la Caruso o una Suprema a la Maryland y de postre quizás un Panqueque de manzana quemado al Rhum, aquel billete daba para más de una incursión y generalmente terminaba pagando la comida de la casa el resto del mes; eran tiempos de bolsillos flacos y gran avidez de placeres terrenales y bienes culturales; también pagaba seguro, alguna entrada de cine o algún libro.¿Habrá cines en los trigales de la Luna para ir a ver por enésima vez La Strada y emocionarse con el llanto del gigante Zampanó frente al mar o los versos del replicante Roy Batty en la secuencia final de Blade Runner? – a Borges te lo llevaste contigo- ¿habrá un Morini con aquel mozo viejísimo del peinado complicado? Espero que sí y que estés ahora mismo sentado frente a un suculento –eterno- plato de capellettis después de terminada la función.

Esta vez me tocó tristemente a mi ser tu humilde servidora y devolverte honores, aunque pequeños y torpes frente a tus delicadísimos Flash o La mujer flaca. Esta vez –yo la peor de todas- “oro en tus labios/ la mi pasión”.

Chichila Irazabal

3 comentarios:

sorjuana dijo...

En mi blog le deje unas palabras a Ch. cuando leí su maravilloso artículo en un mail. Está en adioslevrero.blogspot.com, fecha 17 de mayo.

Una joyita!

bismark vega dijo...

Que barbaro!!!

IMPECABLE,CHichila

Gracias

Anónimo dijo...

HI, I just joined this community. I m from india. I like this forum.......hope to learn lot of things here ;-)





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